Relaciones interpersonales en la era del post-confinamiento

Julio de 2014, primer día de aventura por Namibia, viajamos dos amigas en 4 x 4, a nuestro aire. Rumbo al sur, circulo por la izquierda, seguimos indicaciones escritas de la agencia para salir de la capital, Windhoek; difícil combinar tanto caos: el circulatorio, el de conducir al revés, el del inglés, el de la lectura de mapas irreales… Nos perdemos irremediablemente: estamos ¿en el norte? Nos hemos salido de la carretera principal, conducimos por un poblado enorme, montañas de casas de uralita, mucha gente; sigo conduciendo, vemos un accidente de coche y parece que hay un policía de tráfico. Paro a 100 metros. Salimos las dos del coche, vamos hacia él. Preguntamos y nos indica: reculad y cogéis esta avenida principal, lleva al centro de la ciudad. De vuelta al coche, vemos muchísima gente rodeándolo; una adolecente se nos cruza corriendo y nos grita a su paso algo que apenas entiendo, aunque en un segundo lo proceso y comprendo:… broken your window…

Estábamos en Katutura (“el lugar donde no queremos vivir” en Herero), un barrio de más de un millón de habitantes sobreviviendo en chabolas, sin apenas trabajo, aunque limpio y ordenado; una marginalidad que envuelve a los supervivientes de la época del esclavismo del apartheid sudafricano que acabó a principios de los 90, hace apenas unos años… No estaba en nuestro plan de viaje. Recomiendan hacer la visita con agencias especializadas y en contacto con los responsables civiles de la población; es un entorno todavía en construcción de relaciones humanas sanas.

El contraste entre dos mujeres solas, de blanquísima piel, y el grupo de hombres que nos rodeaba, negro oscuro, era brutal y a todas luces podía parecer muy peligroso. La ventana rota del copiloto y la reacción de las gentes del lugar me indicaban que aquel era un ataque que no se podían permitir. En el lado de las casas, las mujeres intentaban ayudar con escobas a limpiar los cristales del asiento. En el lado de la carretera estaba yo intentando dialogar con el más anciano, que señalaba con el brazo a un grupo que perseguía a dos chichos colina arriba: llevaban mi mochila, la que dejé oculta detrás del asiento y que sólo contenía una cámara con apenas fotos. Los pillaron. Me trajeron la mochila. Se acercó el policía de tráfico de antes, nos indicó que esperásemos para ir a comisaría, a unos 500 metros de allí. Se acercó más policía, apareció una mujer, la única entre todos ellos; vestida con uniforme verde y sombrero imponente me sonrió y me tranquilicé. Mi mirada e inclinación de cabeza en señal de agradecimiento hacia ella le llegó y me volvió a sonreir… Qué maravillosa puede ser una sonrisa…

En seguida dos coches nos dieron instrucción de encajar el nuestro entre ellos y saldríamos de allí. ¿Os he dicho que estábamos en el barrio más conflictivo de Namibia y uno de los más peligros del África subsahariana?

KATUTURA des de la comisariaLlegamos a un recinto vallado y vigilado, la comisaría. La mujer uniformada de verde nos esperaba dentro, ya detrás del mostrador enrejado. Mientras ella iba escribiendo  a mano y en inglés perfecto un informe, llegaron los dos ladronzuelos detenidos, pasaron por nuestro lado, entraron en el recinto cerrado y por una puerta central supuse que los llevaban a los calabozos. La redacción del escrito transcurría con lentitud y buena letra, literalmente. Hablamos un poco, me comentó que ella no patrullaba por las calles de Katutura, no lo hacía ninguna mujer. Fueron a buscarla allí para que, haciendo una excepción, viniese a acogernos. Enseguida me di cuenta: querían tranquilizarnos con su presencia, y de verdad que lo lograron.

El informe no era tal, sino una denuncia: quería que la firmase acusando a los chicos. Pero yo no los había visto en persona cometer el delito y me negaba a hacerlo. Ella tenía tiempo, insistía, con suavidad  y con firmeza. Me lo explicó y lo entendí: necesitaban hacer constar de alguna manera lo que había pasado para poder actuar con aquellos chicos. Como decía antes, la comunidad no se lo podía permitir. Empezaban a ver una nueva luz, y esos comportamientos había que aislarlos y corregirlos. Sobre todo porque el turismo se estaba convirtiendo en una especie de nueva forma de generar trabajo y alegría en aquel entorno tan frágil.

Consensuamos y firmé un relato donde daba a entender con palabras parecidas a “parece ser que”, y añadiendo luego que las gentes del pueblo, a las que vi correr detrás de un par de personas a lo lejos, me devolvieron la mochila sustraída. La mujer-policía quedó satisfecha. Entendí que acabábamos de integrarnos en su colectividad, al menos ese día y a esa hora, haciendo lo que en su conjunto esta necesitaba para armonizarse de nuevo. No olvidemos que con nuestra presencia, obviamente sin quererlo, ocurrió un hecho desestabilizador.

Dos horas más tarde nos trajeron otro 4×4 y seguimos nuestro camino al desierto más antiguo del mundo, el Namib.

Esta anécdota nos puede parecer un acontecimiento lejano a nosotros; bien al contrario, sabemos que la naturaleza de este tipo de situaciones la hemos podido vivir, algunos más que otros, en nuestros entornos laborales, familiares, sociales, comunitarios.

Trabajando como directiva de equipos en la empresa privada, desde las primeras semanas en este tipo de responsabilidad lo vi claro: el equipo debe ser confiable y tener confianza en y entre sus miembros. En Katutura reafirmé la filosofía de la vida en grupo:

  • No importa lo que tengas, importa lo que eres, tu naturaleza humana.
  • La sensibilidad a vivir el “nosotros” la tenemos de nacimiento. Somos animales sociales, tenemos un cerebro social que nos permite conectar instintivamente con los otros. Sea cual sea tu apariencia física, tu estatus económico, tus bienes materiales, tu origen, tu cultura y tu educación, el nosotros existe siempre en las relaciones del “aquí y ahora”.
  • En cualquier circunstancia, tiempo y lugar hacemos grupo.
  • La armonía de la vida colectiva debe ser preservada por todos los integrantes: la responsabilidad nace en el individuo y luego se hace una puesta en común.
  • El latir común de un grupo se nutre de lo que une a sus individuos.
  • La persona más escuchada de entrada es la que tiene la voz de la experiencia.
  • La voz la damos a los que, con su experiencia y autenticidad, demuestran que procuran por el conjunto.
  • Nuestra responsabilidad, empezando por uno mismo, es confiar en esa voz-líder, o no hacerlo, o no hacer ni una cosa ni la otra.
  • Todo acto genera consecuencias, por acción u omisión. La confianza, o desconfianza, se genera en cada actuación.
  • Comportamientos distorsionantes de la paz en las relaciones de la comunidad deben ser identificados, perseguidos, aislados del resto del grupo, corregidos y, si es necesario, expulsados (un buen símil es comparar esta acción con lo que actualmente estamos haciendo con el COVID19).

Soy una enamorada del África subsahariana. En uno de mis viajes por la zona, una noche dormí a la intemperie en la que dicen es el área de donde salió el Homo Sapiens, nuestro principio como especie humana: el Makgadikgadi, una región hoy árida en Bostwana cuyo origen fue uno de los lagos más grandes de África que se secó hace más de 200 mil años.

Del sur del continente africano también proviene la filosofía ancestral Ubuntu, impresionantes reflexiones sociales que, a mi entender, necesitamos observar e integrar en nuestras relaciones para poder recuperarnos y transformarnos. Cuántas cosas provienen de esta zona, ¿verdad? ¿Casualidad, causalidad?

El Ubuntu contempla a la Humanidad como un todo y está en el extremo opuesto de la filosofía del individualismo. Apela a la solidaridad del grupo y, en este sentido, encaja a la perfección con la manera de proceder de muchos pueblos africanos; el grupo es donde sus individuos se apoyan unos en otros para sobrevivir en entornos normalmente hostiles. Como hizo el Homo Sapiens en los tiempos de mamuts y otros entornos agresivos.

Aplicada a Sudáfrica, ahora en paz después de tantos años de apartheid, fue esta filosofía la que guio en todo momento a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, creada por Nelson Mandela; la que alumbró el nacimiento de la nación del Arco Iris, como se conoce hoy a este país. Con la excarcelación de Mandela en 1990, Namibia abandonó el apartheid, y así también Katutura empezó su regeneración.

“En aquellos viejos tiempos en que éramos jóvenes, viajábamos a través del país. Nos deteníamos en los pueblos y nadie nos daba comida o agua. Una vez, en una de esas paradas, la gente nos dio comida y, te digo, ese es un aspecto de Ubuntu, pero el Ubuntu tiene muchos aspectos. Ubuntu no significa que esa gente no deba guardar para sí mismos, la pregunta es: ¿estás para hacer algo con el fin de formar parte de tu comunidad para así ir mejorándola? Estas son las cosas importantes de la vida y si alguno puede hacer esto es algo muy importante que deberíamos apreciar”. Así definió el propio Mandela al Ubuntu durante una entrevista que le realizó el periodista Tim Modise.

La frase “Soy porque nosotros somos” es un buen intento de enmarcar al Ubuntu.

El arzobispo y también Premio Nobel de la Paz sudafricano Desmond Tutu lo expresó así: “Una persona con Ubuntu es abierta y está disponible para los demás, respalda a los demás, no se siente amenazada cuando otros son capaces y son buenos en algo, porque está segura de sí misma ya que sabe que pertenece a una gran totalidad, que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos”.

Alejandro Magno ya lo dijo: de la conducta de cada uno depende el destino de todos.

Unos meses antes del confinamiento estaba metida de lleno en generar y expandir conocimiento sobre las relaciones humanas basadas en el Ubuntu,  cuando entre lecturas reflexivas cayó en mis manos un artículo de Víctor Corcoba Herrero en Diario 16, publicado el pasado 24 de febrero. Se titulaba “Desafío permanente y propósito común”, muy recomendable su lectura; en él ya nos detallaba sus pensamientos alrededor de la familia humanidad, y nos urgía: “Ya está bien de perseguir el poder y de perder humanidad”. Y entre otras reflexiones, nos decía: “Los grandes avances siempre son más duraderos y auténticos si se protagonizan desde el pueblo y para el pueblo, participando éste de los frutos del progreso.”

Lo relata así un cuento africano muy popular:

“Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Posó una cesta llena de frutas cerca de un árbol y los dijo a los niños que aquel quienes llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal de correr, todos los niños se cogieron de las manos y corrieron juntos para coger la cesta, después se sentaron juntos a disfrutar del premio. Cuando el antropólogo les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar todas las frutas, respondieron:

Ubuntu, ¿cómo uno de nosotros puede ser feliz si todos los otros están tristes?”

relacionsubuntu

Estamos en mayo de 2020, Fase 0 de la desescalada a la espera de empezar la nueva era post-confinamiento. Escribo este artículo en las horas previas a mi paseo diario, por fin permitido por las autoridades competentes en nuestro estado de alarma. Mi convicción se ha reforzado en este período de reclusión: las relaciones humanas basadas en el Ubuntu nos hacen vibrar cohesionadamente para focalizarnos en los cambios que necesitamos como personas, como sociedad, como Humanidad, en un mundo híper-globalizado. Lo estamos viviendo: nos dicen que debemos respetar el aislamiento social y contestamos que “pa-tu-tía”, que será distanciamiento físico por obligación y cautela, pero que de dejar las relaciones sociales ni hablar. Y nos lanzamos a un nuevo frenesí de reuniones por internet, vídeo-llamadas con  todo el mundo, ensayos múltiples on-line, cursos y talleres por Zoom/Hangouts/Teams /Skype/Jitsi…, y todo lo que la tecnología actual nos permite para seguir considerándonos animales sociales, humanos, para seguir siendo personas. Y echamos mucho de menos los abrazos reales…

Como dijo Joan Quintana, fundador del Instituto Relacional, en una charla on-line hace unos días: Somos seres relacionales,y nos conocemos justamente relacionándonos. Experimentamos que todos somos “UNO” y lo hacemos confinados.

Así pues las cosas, soy de la opinión de que, para prevenir mayores desaguisados y mejorarnos, ahora es el momento de regenerarnos, como Katutura. Necesitamos de nuevo acometer sin falta un reenfoque en una manera de vivir en solidaridad, cooperación, humildad, confianza, responsabilidad, comprensión empática; valores-base de las nuevas relaciones interpersonales que se nos impone recuperar en todas las aristas de la existencia, de forma holística y tr

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ansversalmente, para así ser fieles a nuestra esencia original, en armonía con el Planeta Tierra, en comunión con Gaia.

¡Sumémonos a las relaciones Ubuntu!

 Autora: Elia García Saura, impulsora de #RelacionsUbuntu

Vincluada a MIESES GLOBAL, Excelencia, salud y sostenibilidad

facebook:  https://www.facebook.com/groups/RelacionsUbuntu/

linkedin:  Grupo “Relacions Ubuntu, yo soy porque nosotros somos”

Un comentario en “Relaciones interpersonales en la era del post-confinamiento

  1. Pingback: La responsabilidad individual en la vida comunitaria | Elia Garcia Saura

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